Lindo aporte de Luis Figari, fundador del movimiento Vida Cristiana sobre el tercer domingo de Adviento.alegraos

Siguiendo con atención la liturgia de Adviento nos daremos cuenta que al llegar el tercer Domingo se acentúa una característica especial. Es el Domingo de Gaudete, que significa “estad alegres”. Se le conoce así porque la antífona de entrada de esta Misa retoma una frase que aparece en la carta de San Pablo a los Filipenses, invitándonos a estar alegres: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres»[4]. Sabemos que la alegría es una característica de la persona que sigue al Señor Jesús. La alegría «es y debe ser emblemática del cristiano»[5]. Quien sigue de cerca al Señor, incluso en medio de las dificultades o sufrimientos, tiene siempre motivos para una alegría profunda y auténtica.

¿Cuál es la razón de esta alegría? San Pablo nos lo responde precisamente después de su invitación a estar alegres: «El Señor está cerca»[6]. La relación entre la experiencia de la alegría y la cercanía del Señor es indudable. La alegría más profunda brota del auténtico encuentro con el Señor Jesús. San Pablo lo experimentó en primera persona, y nos recuerda que debemos estar alegres precisamente porque el Señor está cerca. (CHD, 214)

“La alegría y el gozo son experiencias que se abren a un horizonte que se extiende ampliamente. Hermas, en los tiempos apostólicos, escribe que una persona que se reviste y goza de la alegría obra el bien, gusta lo bueno, y agrada a Dios. En medio de la austera y exigente disciplina de los Padres del desierto, la alegría tiene un lugar importante, como se ve por ejemplo en la enseñanza del padre Benjamín: “Estén alegres en todo tiempo”. San Agustín, desde otra perspectiva, señala: “La alegría es dilatación del alma”. Esto ocurre en toda auténtica alegría. Mas el ser humano se percibe ansiando una alegría ilimitada desde lo más profundo de sí. Precisamente, la profundidad del ser humano habla de su estructura interna que desde el fondo se abre hacia el infinito. Está en su naturaleza la disposición a anhelar la alegría y buscar la verdad.

La alegría que puede satisfacer el anhelo del hombre no es aquella transitoria y efímera de lo perecedero. Ciertamente la alegría propiamente tal no es el jolgorio ni la exaltación de un momento, cuya finitud reclama una constante sucesión de esos momentos de bienestar. Ellos son tan sólo apariencias de alegría. Su fugacidad les arrebata la máscara y muestra lo crudo de la decepción. La verdadera alegría es una realidad de armonía y gozo que cual río subterráneo va aflorando cuando la persona se encuentra con un bien lícito, que conoce y ama como conducente a su meta temporal y eterna. La auténtica alegría, la que podemos llamar alegría profunda, es aquella que permanece y no es aniquilada por tribulaciones ni desventuras. San Pedro de Alcántara, utilizando una metáfora náutica, apunta: “La alegría espiritual es el principal remo en esta navegación nuestra”.

El Papa Pablo VI, en su exhortación apostólica Gaudete in Domino (Alegraos en el Señor), que ha sido bien llamada una perla preciosa, reflexiona con profundidad sobre la alegría cristiana. Habla de la aguda dificultad de alcanzar la alegría —y habría que decir que hoy se percibe aún más tal dificultad—, y señala: “Ésta es la razón de nuestro mensaje. La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual”.

(Luis Fernando Figari, Dolor y Alegría)

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