Queda claro que, para Jesús, la felicidad se consigue por caminos muy diferentes a los que nosotros creemos que la proporcionan.
Para Jesús, feliz es el pobre de espíritu. Él alcanza lo máximo que Jesús nos ofrece: el Reino de los cielos.

El calificativo «de espíritu», lo hemos interpretado como un edulcorante. No hace falta ser pobre, sólo es necesario el desapego. Y con esta excusa, seguimos persiguiendo el dinero y el poder.
Evidentemente que la miseria ni es deseable, ni lleva la felicidad y hay que combatirla. ¿Qué es entonces ser pobre?

Nos lo especifican las otras Bienaventuranzas.

Pobre es el que llora. Aquél que se siente desamparado o que llora por el desamparo de los demás.
Pobre es el que tiene hambre y sed de justicia. El que no se queda indiferente ante el mal ajeno, ante la injusticia.
Pobre es el misericordioso en el sentido correcto de la palabra. El que pone el corazón en los demás, en lo que hace. El que sufre con el que sufre.
Pobre es el limpio de corazón. El que sabe mirar las cosas con mirada transparente. El que no es hipócrita. El que actúa con honestidad.
Pobre es el perseguido por ser justo. Por no mirar a otro lado e implicarse.
Pobre es aquél que es insultado y perseguido por ser un seguidor de Jesús.

Estos, según Jesús, son los felices.
¿Somos felices nosotros?

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