El 18 de noviembre de 1869 fue designado José Gabriel Brochero cura de San Alberto en el Valle de Traslasierra, siendo San Pedro la villa que hacía de cabecera en aquel depar¬tamento. Pequeña, pobrona, sencilla. Ese era el lugar a donde iría el cura a sentar sus reales para iniciar su gran misión apostólica. Días después de ser nombrado -el 24- salió de Córdoba rumbo al oeste. Viaje penoso el suyo. Lleno de alternativas que Brochero, con la fortaleza y el ánimo de sus veintinueve años, sobrellevó con hondos deseos de servir al Señor.

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Vista de la Casa de Ejercicios y la iglesia parroquial construidas por el Cura Brochero en la Villa que lleva su nombre, en Córdoba.

Cuatro días antes de su partida, el diario «El Eco de Córdoba» publicaba el resultado del censo que acababa de realizarse en el oeste cordobés. Brochero supo entonces que San Javier tenía 13.000 habitantes; San Alberto, más pequeño, contaba con 10.000, en tanto que Minas alcanzaba a 8.000 y Pocho apenas sobrepasaba los 6.000. (El Eco de Córdoba», 20/11/1869).

Sabía Brochero que el curato al cual marchaba iba a demandarle esfuerzo para su atención. Era muy extenso y de accidentada topografía. Pero los inconvenientes aparecían disminuidos ante el entusiasmo por la práctica de la conquista espiritual que él presentía ardua en aquellas regiones; seguramente en su corazón vibraba el llamado de Jesús, Rey Eterno, como lo había escuchado tantas veces en los Ejercicios Espirituales de San Igna­cio: «Mi voluntad es conquistar toda la tierra… Asimismo ha de trabajar conmigo… para que así después tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos». (E.E.,93)

Pero, ¿cómo era la región montañosa del oeste cordobés donde Brochero iba a desarrollar su acción? Centenares de leguas abarcaba aquella zona donde tendría que evangelizar. Allí estaban los murallones pétreos de las Sierras Grandes, imponentes y adustos, como dis­puestos a que nadie quebrantara el silencio azul de sus cumbres. Aquellos «Gigantes» que en ambición de cielo se levantan a casi tres mil metros y donde parecieran encontrarse a gusto solamente el viento bramador y el cóndor dominador. Pero por las rendijas de las montañas, se podía deslizar hacia el otro lado, tras de admirar la vigorosa contextura del Champaquí, eterno centinela de la grandeza natural de esos horizontes.

Pequeños poblados, acurrucados junto a los cerros o refrescándose en los arroyuelos cantarinos, servían al viajero como descanso. Nombres con reminiscencias indígenas ­Taninga, Salsacate, Pocho, Nono, Yacanto, etc.- están desparramados en el amplio mapa del oeste serrano. La naturaleza se mostraba bravía y arisca. Un paisaje de incomparable belleza en los valles y las alturas donde no dejaba nunca de pasar el viento como limpiando el cristal del firmamento.

Brochero se enfrentó con el panorama y su alma debió sentirse hondamente emocio­nada. Y más aún cuando tuvo la sensación de la humanidad bondadosa de las gentes que moraban en aquellos lugares. Pero se dio cuenta también que a pesar de la abnegada labor que realizaran sus predecesores, mucho era lo que había que evangelizar aún. Debía ar­marse de una gran decisión y de un extraordinario fervor, dispuesto a sobrellevar las bata­llas más prolongadas. Brochero será así un claro ejemplo de lo que se denomina la «místi­ca apostólica», vale decir, aquella unión con Dios centrada en la acción evangelizadora, nucleada en la clara y permanente conciencia de ser instrumento de la acción redentora de Jesús.

Y aquí comienza una primera aclaración, cuando hablamos de “mística” normalmente lo asociamos a un estilo de vida mística como la que hallamos en San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. Sin embargo en la Iglesia hay otros estilos y experiencias o caminos de vida mística. Brochero es un claro ejemplo de lo que se denomina la “mística apostólica”, vale decir, aquella unión con Dios centrada en la acción evangelizadora, nucleada en la clara y permanente conciencia de ser instrumento de la acción redentora de Jesús (al modo como podemos hallarlo en los grandes Santos apostólicos como San Francisco Javier, San Juan María Vianney, San Vicente de Paúl o el Beato Alberto Hurtado). (Pbro. Carlos O. Ponza – La espiritualidad sacerdotal en la vida y en los escritos del Cura Brochero).

Veamos la imagen que nos presenta un periodista cordobés contemporáneo suyo:

“Es un hombre de carne y huesos: usa sotana, esclavina, traje de clérigo, etc. y dice misa, confiesa, ayuda a bien morir, bautiza, consagra la unión matrimonial, etc. […] Es una excepción: practica el Evangelio. Desde luego, es pobre, habiendo servido un curato rico durante más de un cuarto de siglo (Ya es una recomendación!. Es realmente un pastor, según la palabra y la intención de Jesús: su grey es su rebaño […] Y es muy sana la conciencia del cura Brochero! es muy digna de respeto! es un apóstol! […] Falta un albañil en su curato para hacer una obra pública, ya sea para la Iglesia o para beneficio del pueblo! Pues él es albañil y trabaja con sus propias manos a la par del más esforzado y compitiendo con el más diestro! Falta un carpintero! Es carpintero. ¿Falta un peón? Es un peón. Se arremanga la sotana en donde quiera, toma la pala o la azada y abre un camino público en 15 días, ayudado por sus feligreses, sobre los cuales tiene un dominio absoluto y a quienes da ejemplo y estimula con su esfuerzo personal. )Falta todo? (Pues él es todo! y lo hace todo con la sonrisa en los labios y la satisfacción en el alma, para mayor gloria de Dios y beneficio de los hombres, y todo sale bien hecho porque es hecho en conciencia. Era mi candidato para el 1er obispado vacante (oh! quien nos diera obispos como el cura Brochero!) y al Presidente de la República también le gusta mucho; pero es imposible luchar contra la modestia de este hombre que ha hecho de ‘su curato’ su mundo. ¡No hay que tocarlo de ahí!. ¡No quiere! Y no ha hecho solamente caminos públicos. Ha hecho también una buena Iglesia. Ha hecho, además, un gran colegio… (y todo sin subsidio de la Provincia, sin erogación por parte de los miembros de la localidad! Lo ha hecho todo con sus propias garras!. ¿Milagro? No. La cosa es muy sencilla. Es cuestión de honradez y voluntad. En otros términos: es cuestión de haber tomado el apostolado a lo serio, como lo ha tomado el cura Brochero. Llama la campana de la aldea. Doscientos o trescientos o más paisanos concurren todos son hombres de trabajo. El sacerdote (Brochero) dice su misa y sube al púlpito. Perora, aconseja y edifica las almas. Les habla de honradez y entra de lleno en el terreno de la realidad. Les habla de progresos materiales, que corren paralelamente con los perfeccionamientos morales y acaba por echarles un ojo (si es necesario no me consta) para invitarlos a todos los oyentes a tomar una pala, una azada, un pico o una carretilla y realizar con él, en el espacio de un mes, una gran obra para la localidad. ¡Y el paisanaje, que lo quiere a su cura porque admira sus virtudes, lo sigue con entusiasmo y la cosa se hace sin dificultad! Tal es el hombre, el verdadero sacerdote, el tipo del cura de aldea […]” (”El Cura de aldea. José Gabriel Brochero” en El Interior, Córdoba, 5 Novie.mbre 1887)

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